top of page
Buscar

CARTA DEL DIRECTOR: Un loco mundo

  • Foto del escritor: Pablo Aragón Blanco
    Pablo Aragón Blanco
  • 4 mar
  • 2 Min. de lectura

Estoy perplejo. Llevo unos cuantos días viviendo con incredulidad. Viendo cómo un nuevo orden mundial se alza donde el retroceso es la clave y la represión es la palabra que define bien el futuro.

 


También estoy aterrorizado. Veo como los pensamientos más retrógrados se están instalando de nuevo en las calles y puedo observar como la anti evolución social ya es un movimiento en sí mismo. Hace no más de un par de semanas un video se hizo viral (y no hablamos del ‘Montoya, por favor’) en el que la más reconocible Hunter Schafer, famosa por ser una de las protagonistas de Euphoria, alzaba la voz visiblemente enfadada al ver como en su pasaporte norteamericano figuraba el género masculino. Deliberadamente está administración pretende borrar del mapa al diferente. Es una declaración de intenciones.

 

Hunter es una mujer con mayúsculas. Da igual lo que ponga en un papel. Pero realmente no lo da. Están mermando unos derechos que creíamos ya conseguidos hace mucho tiempo. E incluso me pregunto si deberíamos invocar al espíritu de Stonewall de nuevo.

 

Pero esto va más allá de los colectivos que han sido marginados a lo largo de la historia. Hay algo que se está rompiendo. Tengo ese temor y esa sensación previa al que sabe que lo malo está por venir. La raza, la condición sexual y el género vuelven a importar. Hemos retrocedido 70 años de un plumazo.

 

Pensaba que era cosa del pasado, pero siendo marzo el mes de la mujer he intentado recabar unos cuantos datos y sigo viendo como los machos alfa del mundo se ponen medallas de hombría y alzan las copas como si de una reunión masónica se tratase. Y leo un dato que me deja el cuerpo en hibernación: Cada diez minutos, una mujer o niña muere a manos de su pareja u otro miembro de la familia. Según revela el último informe sobre femicidios, el 60 por ciento de todos los homicidios de mujeres son cometidos por una pareja o alguien más de la familia. ¿Y ahora qué? ¿Estamos preparados para luchar contra aquellos seres que odian a sus semejantes? ¿Cuándo acabará la lacra social que derrama sangre? No tengo las respuestas, pero estoy harto de sentir esa sensación de orfandad y desafección colectiva.

 

Si hay algo que tengo claro es que tenemos que dar un golpe en la mesa o en donde haya que darlo. Por eso mismo, el 8 de marzo pienso gritar hasta quedarme sin voz por aquellas mujeres que ya no pueden hacerlo. Pero también quiero dejar patente que no quiero arrebatar el sitio de nadie ni quiero desviar el foco. Es su momento, su voz y su lucha. El resto estamos ahí para ser meros testigos de su fuerza.

Comments


bottom of page